“La locura sonreía en los grifos torcidos”, una frase que leí hace cuatro años y que desde entonces rige mi ideal de estilo literario; conciso, brillante y con una gran originalidad poética. La mente creadora de esta frase es la de Carmen Laforet en su novela “Nada”, ganadora del Premio Nadal en el 1945. Laurentino, mi profesor de Lengua de 4 ESO, mandó a mi clase la lectura de esta obra, y desde entonces, quedé fascinada por el mundo atroz que Laforet describe, con la psicología perversa de sus personajes, que se han vuelto locos tras la guerra, y esa locura, como dice Andrea, la protagonista, se ve reflejada incluso hasta en los objetos de la casa: La locura sonreía en los grifos torcidos.
El pasado viernes, 17 de noviembre, acudí al Teatro de María Guerrero (Colón), para disfrutar de la adaptación teatral de “Nada”. Me senté en la esquina izquierda de la primera fila, vergonzosa y emocionada. Sin darme cuenta de que, con el paso de los años, aquella protagonista con la que tanto conecté a mis quince, se había convertido en un reflejo casi exacto de la mujer que soy ahora. Muy lejos de vivir en un escenario de posguerra y de simpatizar con el hambre que sufrían los personajes, la razón por la cual me identificaba con Andrea la iría descubriendo a medida que avanzaba la obra y simultáneamente, se iban apretando, cada vez más fuertes, los latidos de mi corazón.
El teatro se llenó minutos antes del inicio de la función, el público que predominaba eran señores y señoras de más de sesenta y cinco años. A mí me daban envidia aquellos que habían logrado sentarse en un palco. Sin embargo, desde mi esquina, también tenía una buena perspectiva de la profundidad hipnotizante de la sala, con columnas que desprendían destellos dorados y que contrastaban con el llamativo rojo de las butacas y paredes. La elegancia de los espectadores estuvo a la altura de la del teatro. Nada en ese espacio desentonaba, todo estaba alineado y preparado para el disfrute de una tarde de teatro en la ciudad de Madrid. Las luces se apagaron, y un foco iluminó a una muchacha que aparecía desde uno de los laterales del escenario portando una maleta aparentemente pesada. Era Andrea, había llegado a Barcelona. De pronto, cuando la joven actriz comenzó a narrar la primera página del libro, que describe la llegada de Andrea a medianoche, una ráfaga de nostalgia me zarandeó por completo y transformó de nuevo en una niña de quince años que se veía a sí misma en tercera persona desde la butaca de un teatro. Más que libros, Andrea llevaba en esa maleta ilusiones, que cargaba como Carmen describió genial, con “todas las fuerzas de su juventud”. Así recuerdo mi primer día de carrera; llegué a la facultad a las siete de la mañana, aun sabiendo que las clases comenzaban a las nueve, y me dediqué a recorrer todas las plantas vacías de aquel edificio en el que estudiaría los siguientes cuatro años de mi vida. “El coche dio la vuelta a la plaza de la Universidad y recuerdo que el bello edificio me conmovió como un grave saludo de bienvenida”, contaba Andrea, y así me sentí yo aquel primer día, conmovida, que lloraba mientras vagaba por las aulas apagadas, las mismas lagrimas brotaban de mis ojos sin darme cuenta mientras contemplaba aquella puesta en escena. Estuve llorando los primeros veinte minutos de obra aún sin entender muy bien el por qué.
Enseguida Andrea conoció a Ena en la universidad, Ena para mí es Andrea, una chica que conocí el primer día de clase y que, desde entonces, hasta el día de hoy, la he considerado mi mejor amiga. Aunque a veces y sobre todo en estos momentos, el significado de esa palabra se tambalea. En mitad del escenario, entre ese ambiente endemoniado de personas y muebles, las escenas de amistad entre estas dos chicas eran una oportunidad para que los espectadores pudiéramos recuperarnos y soltar el aire que sin darnos cuenta llevábamos conteniendo desde los capítulos de extrema violencia doméstica del tío Juan hacia Gloria. Al fin y al cabo, ahí residía la clave de esta historia: Andrea y Ena, dos mujeres unidas por los lazos de una amistad juvenil, y que como la propia Carmen Laforet decía; “eleva la capacidad de alegría y creación”. Unas lágrimas ya conocidas, surcaban de nuevo mis mejillas durante una escena en la que Ena leía poesía a Andrea, pues no pude evitar acordarme de aquel día de abril en la cafetería del Círculo de Bellas Artes, donde Andrea y yo compartíamos una libreta que nos íbamos pasando mientras continuábamos el verso que había escrito la otra. Tardes así ya no existen, no al menos desde que el ajetreo de la vida universitaria nos mantiene ocupadas, y luego desde que en otoño, Andrea conoció a un chico y, por tanto, yo sigo relegada a un segundo plano en su vida. Progresivamente esa confidencia que encontraba en ella ha ido palideciendo. Así como ocurre en “Nada”, Andrea en ocasiones se compara con los novios de Ena y se siente rechazada, marginada. Cuando inician las pretensiones sexuales por parte de su tío Román ante las cuales Ena se siente irrefrenablemente tentada, el vínculo entre ambas amigas termina por romperse y estas, se alejan. En cambio, yo no me comparo con los novios de Andrea ni con nadie. Pero sí que siento ese enfriamiento en mi amistad con ella, al igual que en la de Ena y Andrea. El rencor arañaba mi pecho cada vez que la protagonista recitaba fragmentos de la novela como “Yo no estaba contenta ni triste. Me parecía que mi amistad con Ena había perdido mucho de su encanto con la ruptura. Al mismo tiempo yo quería a mi amiga sinceramente.”
El resto de la obra estuvo cargada de una actuación tan bella como desgarradora, y acompañé a Andrea en su dolor de soledad y desencanto con sus relaciones universitarias. Miré a mi alrededor, por la oscuridad que arropaba el teatro, el público solo eran siluetas desfiguradas, pese a que no podía ver los rostros con nitidez, podía saber que había quienes habían venido con amigos, otros con su pareja, y entonces yo, sentí un terrible anhelo de compañía. Tras el suicidio de Román, Andrea busca aliviar sus frustraciones, reparar sus sueños rotos, huyendo a Madrid. Lo mismo hago yo. Después de aplaudir efusivamente, me refugie en la ciudad que en tantas otras ocasiones me había consolado. Paseé hasta el metro atravesando calles ya dormidas y luchando contra el frío penetrante, mientras iba sumergida en pensamientos ajenos a cualquiera y me di cuenta de que ni siquiera ya Madrid podía sedar lo que sentía. Empecé a encontrarme algo enferma, pues llega un momento en el que la soledad arde tanto que la comienzas a sentir helada, así me encontraba yo, congelada como los fantasmas.
Paola Rubio Melo <<Espectáculo de paralelismos>>
31/12/2024.

Deja un comentario