Con motivo del Orgullo de Budapest, y a tan solo dos días del desfile, he viajado a la ciudad para presenciar lo que promete ser un evento verdaderamente histórico. Utilizo el adjetivo “histórico” con plena conciencia de su desgaste en la prensa, pero en este caso resulta inevitable. No he aterrizado en la capital húngara en un vuelo cualquiera: para llegar hasta aquí, he subido a una máquina del tiempo que me ha llevado atrás en el calendario, a una época en la que pertenecer a la comunidad LGBTQ+ era motivo de represión y vergüenza. Esta regresión no es metafórica, sino consecuencia directa de una ley aprobada en marzo de este año que prohíbe los eventos del Orgullo bajo el pretexto de la “protección infantil” y restringe gravemente el derecho de reunión.
En la Hungría actual, la diversidad sexual es objeto de una discriminación sistemática. Según el Código Penal, quienes organicen o participen en reuniones prohibidas pueden enfrentarse a cargos penales, con multas que alcanzan los 500 euros. “La gente tiene miedo de implicarse en la organización”, declaró Janset Kalen, secretaria general de la Junta Directiva de Kaos GL (Kaos Gay and Lesbian Cultural Research and Solidarity Association), durante la conferencia Leyes al estilo ruso para destrozar Europa, celebrada el 26 de junio en la sede central de la Universidad Europea.
El ambiente en la ciudad, en los días previos al desfile, está marcado por la protesta y el inconformismo. La nueva ley contra el Orgullo prohíbe cualquier acto que contravenga la legislación aprobada en 2021, la cual restringe la representación y promoción de la homosexualidad y la diversidad de identidades de género entre menores de 18 años. En la práctica, esta normativa brinda respaldo legal a las autoridades para recortar derechos fundamentales y negar la pluralidad de género, amparándose en una supuesta protección de la infancia.
Viktor Orbán, primer ministro de Hungría y líder del partido ultranacionalista Fidesz, parece decidido a seguir los pasos del “Oso Ruso”, que en 2013 promulgó la conocida ley contra la “propaganda homosexual”, formalmente llamada Ley Federal Rusa. Su propósito declarado es proteger a los menores de la exposición a la homosexualidad y preservar los valores de la familia tradicional. Hungría se ha convertido, así, en un reflejo de Rusia. Orbán se ha convertido en un triste peón en el gran tablero homófobo que domina hoy Europa del Este, donde, sin duda, Rusia mueve la pieza de reina.
Un ejemplo similar es el de Georgia. Mariam Kvaratskhelia, activista georgiana y cofundadora del Orgullo de Tiflis, me explicó en una entrevista la situación que atraviesa su país. En apenas un año, Georgia ha sufrido un dramático retroceso en derechos LGBTIQ+. El giro conservador del partido gobernante, Sueño Georgiano, ha impulsado legislación restrictiva, reactivado discursos religiosos y tradicionalistas, y creado un entorno peligroso para la comunidad LGBTIQ+. Esto contrasta fuertemente con las aspiraciones europeístas del país, polarizando su rumbo futuro. “Lo único que quieren es control”, afirma Kvaratskhelia, quien también hizo un guiño histórico al pasado fascista europeo: “Todo empieza cuando un grupo se siente superior a otro y trata de imponerse.”
El alcalde de Budapest, Gergely Karácsony, ofreció una rueda de prensa en la que denunció que lo que está sucediendo en Hungría es “realmente muy grave”, y recordó que el Orgullo de Budapest defiende que “nadie puede ser discriminado por cómo ha nacido.”
Un día antes de que las calles de la capital se tiñan de colores desafiando las restricciones impuestas por el Gobierno de Viktor Orbán, el alcalde, junto a la comisaria europea Hadja Lahbib, el vicepresidente del Parlamento Europeo, Nicolae Ștefănuță, y uno de los portavoces del Budapest Pride, Máte Heegedu, expresaron ante decenas de periodistas húngaros e internacionales que resulta inaceptable que los habitantes de Hungría, siendo ciudadanos de un país miembro de la Unión Europea, sean relegados a “ciudadanos de segunda clase.”
Por su parte, Lahbib afirmó que la diversidad es “el alma de la Unión Europea” y subrayó que “la UE no se mantiene neutral frente al odio.” En su intervención, Ștefănuță sostuvo que el desfile previsto para mañana es “un derecho básico en una democracia” y envió un mensaje directo a las autoridades: “Tienen el deber de proteger a sus ciudadanos, que no son extraños, son tus hijos, los míos, no son alienígenas.”
En la misma línea, Karácsony enfatizó que “la policía tiene como única función garantizar la seguridad de los asistentes” y reiteró que los eventos organizados por el gobierno local no deberían verse afectados por la legislación estatal.
La manifestación está prevista para las 14:00 horas de este sábado, y se espera que sea el desfile más largo celebrado hasta ahora en Hungría. Además, tal como se acordó en el Parlamento húngaro hace unas décadas, el último sábado de junio simboliza el Día de la Libertad Húngara, en conmemoración de la retirada definitiva de las tropas soviéticas en 1991, considerado un hito en la lucha por la libertad frente a toda forma de opresión, incluida la que padecen hoy las minorías sexuales.
Paola Rubio Melo <<Cuando amar es delito, desfilar es resistir>>
28/06/2025

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