Hoy 29 de octubre se cumple el primer aniversario de la tragedia que fue la DANA. Y quiero compartir una breve crónica que escribí tras acudir como voluntaria dos semanas después de la catástrofe:
Han pasado dos semanas desde que la DANA arrasó varios pueblos del este de España, dejando a su paso al menos 214 fallecidos y decenas de desaparecidos. La Comunidad Valenciana ha sido la más golpeada. A pesar del tiempo transcurrido, cada día siguen llegando miles de voluntarios dispuestos a empuñar palas, cubos y cepillos para enfrentarse al lodo que no solo cubre las calles valencianas, sino que también ha marcado el corazón de sus vecinos.
“Esto fue una película de terror. Los primeros días parecíamos zombis deambulando por aquí”, contaba una mujer de Paiporta, visiblemente afectada, el pasado 11 de noviembre. En esta segunda semana tras el desastre, la policía local ha restringido el acceso de más voluntarios a la zona cero de la DANA, con el fin de permitir el trabajo de la maquinaria pesada en las áreas aún anegadas. Y es que, pese al paso de los días, en municipios como Paiporta el barro sigue alcanzando la altura de los tobillos y las botas se hunden en él. Frente a los portales, se acumulan montones de muebles y recuerdos rotos que antes conformaban hogares; coches destrozados se amontonan en improvisados desguaces. Sin embargo, al final de este aparente laberinto sin salida, persiste un atisbo de esperanza: la solidaridad de los voluntarios y vecinos que no se rinden.
Algunas fotos que tomé muestran a un grupo de jóvenes que, formando cadenas humanas, extraen cubos de barro del interior de un garaje. Cada hora se les unen más manos, más rostros decididos a reconstruir lo perdido.
Esta catástrofe ha puesto de manifiesto la enorme hospitalidad ciudadana. Resulta conmovedor ver la ola de ayuda humanitaria que han recibido los afectados: desde donaciones de alimentos y ropa hasta una infatigable mano de obra voluntaria. Incluso quienes lo perdieron casi todo se afanan por ofrecer lo poco que les queda. “Sin vosotros, los primeros días nos habríamos muerto de hambre”, decía una anciana de la calle Convent a unos jóvenes que le entregaban tuppers de comida preparados por la organización World Central Kitchen (WCK). Después, insistió en regalarles unas botas de agua limpias y algunas piezas de fruta.
En esa misma calle, los vecinos demostraron que entre los escombros también hay espacio para la alegría: cantaban, tocaban el cajón flamenco y una guitarra española, invitando a los voluntarios que pasaban a unirse al corro. Era una escena de esperanza en medio del desastre, una muestra viva de la resiliencia y la unión de un pueblo que se cuida y se sostiene, aun sin conocerse de nada.
Paola Rubio Melo <<La ayuda determinante de los voluntarios tras la DANA: “Si no fuera por vosotros, estaríamos muertos”>>
29/10/2025

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