El pasado doce de febrero, cuando iba en coche con mi familia me percaté de refilón y pura casualidad de un folleto pegado en las calles de mi pueblo, el cual anunciaba la manifestación que tendría lugar al día siguiente en Madrid. Así pues, sin pensarlo demasiado decidí ir. Cualquier excusa es buena para bajar a esta fascinante ciudad. Honestamente, mi conocimiento acerca de la situación política de España no es vasto, sino más bien sé lo justo y esencial para una joven de diecisiete años que está comenzando a moldear sus ideas políticas. Sin embargo, a lo largo del día me estuve informando y apuntando en una pequeña libreta posibles preguntas a realizar a los manifestantes al día siguiente. Quería vivir la aventura de ser periodista por un día, y mejor aún, un día histórico como el que fue aquel trece de febrero.
A la mañana siguiente, resuelta y audaz me puse mi chaqueta de cuero negra y cogí el bus dirección Moncloa, como de costumbre, aunque esta ocasión era especial. Mis pies golpeaban rítmicamente el suelo del autobús y jugaba a entrelazar los dedos de mis manos ávidamente. Sentía un deseo vehemente por llegar enseguida a Madrid. Releí múltiples veces las preguntas que había preparado en mi libreta y cuando me quise dar cuenta, ya estaba en Moncloa. Bajé disparada del autobús, pues no quería llegar tarde a la manifestación. No sé cómo me las ingenio para ir siempre justa de tiempo a cualquier lado.
Subiendo por la boca del metro de Plaza España, ya podía escuchar los tambores y todo el vocerío que me esperaba arriba. Y así fue, ante mí, se encontraba una muchedumbre que sujetaba pancartas entre las que alcancé a leer frases como; “Dinero público para servicios públicos” o “Ayuso dimisión”. Enseguida me uní a la multitud y con ella ascendí por la calle de Gran Vía. En mi mente estaba practicando posibles escenarios en los que preguntaba a cualquier individuo que pasara por mi lado las preguntas que había preparado, y cuando por fin me armé de valor, me acerqué a una mujer que aplaudía simultáneamente con los tambores, pero, la respuesta que recibí fue frustrante: “Ahora no, cariño, ahora no”. Sus palabras me acompañaron durante unas cuantas calles. Empero, lo volví a intentar con un hombre que observaba desde la acera la manifestación. Charlé con él durante varios minutos y compartió conmigo su interesante punto de vista: Afirmó que lo que está sucediendo es “Un desmontaje absoluto de la sanidad pública, un crimen social” También dijo que este país antes tenía una muy buena sanidad, e incluso me confesó lo que opinaba acerca de Ayuso: “Miente como una bellaca”, “Es una ignorante, una marioneta de Aznar”. Le agradecí por su tiempo y continúe mi misión. Poco después topé con una mujer que también accedió a hablar conmigo: “Hay que meter dinero en la sanidad pública, en el bienestar de los ciudadanos” Me dijo.
Llegando ya a Cibeles, escuché como una madre le explicaba a su hija de forma sencilla e inocente el por qué de la manifestación: “Es para que todos podamos tener médicos”. Me pareció una descripción tiernísima del suceso, así que, lo apunté.
Continuamos recorriendo el centro de la capital hasta que finalmente llegamos a la Plaza de Cibeles. Los medios de comunicación dictaminan que fuimos 250.000 personas, según la Delegación del Gobierno, pero lo cierto, es que ahí los organizadores informaron que habíamos logrado ocupar más de 300.000 metros cuadrados y que, por ende, éramos aproximadamente un millón de manifestantes. Escuchar aquella imponente cifra insufló mi ánimo. Cuatro columnas que provenían de Legazpi, el Hospital de la princesa, en Goya, Nuevos Ministerios y la de Plaza España desembocaron en Cibeles. Un Tsunami de dignidad recorriendo las arterias de Madrid, como escuché decir durante la manifestación. Guardé la libreta en uno de los bolsillos de mi chaqueta, satisfecha por haber cumplido con mi objetivo de ser periodista durante unas horas, y me uní a los cánticos con el resto de los protestantes, también bailé, canté, di palmas y alcé el pañuelo blanco que una amable señora me regaló. Experimenté la más pura y dulce libertad.
La sanidad pública ha hecho mucho por los madrileños durante estos últimos cuarenta años y privatizarla sería dejar a la deriva a miles de personas que se encuentran en los segmentos más pobres de la población. Es un acto egoísta, incluso me atrevería a tildarlo de homicida. Esta manifestación era extremadamente necesaria para abrir a muchos los ojos, para evitar que se lleve a cabo este acto criminal. Me siento muy orgullosa de haber participado en ella, y, por tanto, en una importante parte de la historia de este país.
Paola Rubio Melo. «Mi primera manifestación» 13/02/2023.
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