Tornadiza como una veleta

«La muestra de hoy me ha quitado las ganas de buscar amigos, ni en el campo ni en la ciudad. Un hombre sensato debe tener bastante compañía consigo mismo.» Emily Brontë. “Tú puedes”, “¡Sigue!”, “Ni se te ocurra llorar”, son algunas de las frases que más tiempo han ocupado mi cabeza este curso, el cual…

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«La muestra de hoy me ha quitado las ganas de buscar amigos, ni en el campo ni en la ciudad. Un hombre sensato debe tener bastante compañía consigo mismo.»
Emily Brontë.

“Tú puedes”, “¡Sigue!”, “Ni se te ocurra llorar”, son algunas de las frases que más tiempo han ocupado mi cabeza este curso, el cual afirmo sin ningún atisbo de duda que ha sido el más doloroso que he vivido jamás. La culpable de este dolor es mi ineludible soledad, la cual ya he aceptado que es el único destino al que estoy dispuesta a rendirme. Esta carencia intencionada o involuntaria de compañía, ya no lo tengo claro, se debe a mi rechazo hacia los demás y la insoportable desidia que me producen las personas. Y es que, cuando tu inocente ignorancia se convierte en una cruel consciencia de los hechos, de la vida en sí, tu actitud y visión ante las circunstancias cambian rigurosamente. Todo este caos intencionado tuvo su inicio meses atrás, cuando me hice una pregunta: “¿Quién te quiere o te ha querido de verdad?”, al instante nombres de ex parejas y de supuestos amigos me vinieron a la mente, pero todos fueron opacados por la verdad infrangible: “Nadie”. Los hechos sofocan las palabras y anulan los recuerdos. Por tanto, poseída por la impotencia y en un arrebato de amor propio, puse fin a diversas amistades, algunas de años, que ya no me hacían bien en absoluto, dejando así una maleta repleta de buenos momentos que aquellas personas me habían regalado en su día y yéndome con las manos vacías hacía un destino completamente desconocido. La imagen de mí en un espacio frío con un fondo oscuro y vacío se volvió recurrente, al igual que la ansiedad que invadía mi pecho tras regresar a casa un viernes por la noche luego de haberlo pasado primero en el gimnasio y después en la biblioteca hasta su cierre. Me sentía terriblemente sola. Era frustrante tener diecisiete años y ningún grupo con el que salir al final de la semana. Sin embargo, aunque la soledad me ahogaba, de mí broto una inaudita fortaleza que me mantenía a flote, y ésta la veía reflejada en mis notas académicas o en el progreso con los pesos en el gimnasio. Y es que, a pesar de este triste espectáculo de sentimientos, la resiliencia y ambición hacían más ruido dentro de mí. Me negaba a hundirme, tenía unos firmes objetivos y no podía desviarme por unas malas experiencias, repudiaba la idea de otorgar a terceros el poder de cambiar mis planes. Aún así, sería absurdo negar que no ha marcado un antes y un después en mí ver lo poco que importaba en realidad a personas a las que he llamado amigos o a chicos a los que he amado de forma pura y sincera y que ellos decían hacer lo mismo. Pero repito: Los hechos sofocan las palabras. Así que no, nadie me ha amado, nadie me ha considerado una amiga realmente y, sobre todo, nunca nadie me ha echado de menos una vez me he ido. Pese a ello, no concibo el sentir sino es de forma intensa, no sé lo que es no tener emociones profundas, porque incluso cuando no siento nada, siento. Por tal razón es que yo no pertenezco a las personas, sino a los momentos, intensos y efímeros. Uno de esos momentos a los que me refiero fue la madrugada del 17 de junio. Volvía de una fiesta en Madrid. Estaba feliz, pues sentía que la soledad que me había estado atormentando durante meses estaba siendo eclipsada por las nuevas personas a las que había conocido en la última semana y por todos los cambios y acontecimientos que estaban por ocurrir. Guiada por la emoción, abandoné el uso de la razón y como es habitual en mí, lo sustituí por un impulso. Pensé en una persona del pasado que solía ser muy especial para mí, una persona que me ha regalado las más dulces carcajadas, pero también los llantos más amargos. Imaginé lo que habría sido de su vida en el tiempo que no mantuvimos contacto, y sin pensarlo demasiado pulsé la opción de “desbloquear”. Mis dedos perdieron su función a favor de mi corazón, que fue el que escribió todo el mensaje sin pararse un momento a pensar y sin dudar siquiera un instante al enviarlo: “Hola, Edu. Puede que nunca llegues a leer este mensaje o que no vayas a querer responder, pero ha pasado el tiempo, casi seis meses, y estoy mucho mejor en todos los aspectos. Sé que la decisión que tome nunca la llegaste a entender, e inclusive pensaste que fue un acto egoísta, pero fue algo que debía hacer. Mañana trataré de llamarte, aun así, no para retomar el contacto pues soy consciente de lo dolido que puedes estar o el rencor que me puedes guardar. Pero quiero que sepas que yo a ti jamás te podré odiar, tu amistad ha sido algo que he tenido presente todo este tiempo, nunca la he menospreciado como dijiste en ese último mensaje y siempre guardarás un lugar especial en mi memoria, eres la única persona a la que echo de menos en este mundo. Solo quería que sepas que me encantaría, aunque sea un día tomar café contigo y escucharte, que me cuentes cómo te ha ido todo y hacia dónde vas. Mi vida ha cambiado completamente y estoy feliz, solo espero que tú también lo estés. La vida es muy corta para discutir y guardar rencor, por eso, aunque creas que mandé a todo el mundo a la mierda, pues mira, si, lo hice y no me arrepiento de nada. Pero de ti nunca me he olvidado. Por tanto, si decides hablar conmigo algún día, estaré encantada, y si no, cuídate mucho y te deseo lo mejor en esta nueva etapa universitaria que nos espera. Te quiero y te querré. -Paola.”

A partir de ahora nada de lo que vaya a suceder es seguro, aunque he aprendido que el dolor transforma y separa pero que el saber perdonar y el amor veraz vuelve a unir. La semana que viene me graduaré, y quiero agradecer a todas las personas que han formado parte de mi vida, tanto las que me odian como las que me quieren o las que ya ni siquiera se acuerdan de mí, porque la chica que subirá a recoger el diploma es quien es ahora gracias a todas ellas. Estoy muy orgullosa de mí, de haber pasado este curso, afrontando con audacia todas las situaciones que se me han presentado. Por último, una vez leí que escribir es el arte de no encajar en el mundo y no temblar de soledad, pero yo he temblado, he temblado muchísimo, y no creo que haya nada de malo con ello.

Paola Rubio Melo. «Tornadiza como una veleta» 19/06/2023.

Un comentario

  1. Avatar de crubiod5942c08d8
    crubiod5942c08d8

    LO QUE HOY PARECE
    UN HURACAN EN TU VIDA…
    Manana comprenderás que solo era el viento, abriéndote un NUEVO CAMINO

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