El otro día pensé que, asistir a la protesta ultra, que tuvo lugar en la calle De Ferraz, el pasado 7 de noviembre, sería una buena idea. He estado en otras manifestaciones como la que se organizó en noviembre del año pasado por la sanidad pública, cubriendo la del 24s para el periódico de la Facultad, o sin ir más lejos, la semana pasada, acudí a Sol para apoyar a Palestina a través de otra protesta. Sin embargo, la que se iba a liar esa noche no tendría comparación con nada que haya podido vivir anteriormente. Así pues, dado que mi curiosidad supera con creces mi sensatez, a las 20:00 ya estaba en Argüelles, y rápidamente entendí que, si me arrimaba a cualquier grupo de chavales altos y vigorosos, podría abrirme paso entre la multitud hasta llegar a las primeras filas. Tras algunos empujones, fijé mi presencia a escasos metros de una de las vallas policiales, frente a mí, estaban los nacionales en fila, imponentes con sus cascos, escudos y porras en mano. Detrás de ellos, se encontraba la prensa.
Yo, que ni era prensa, ni era nada, permanecí durante horas rodeada de una muchedumbre muy variada. Observé a los jóvenes, que fueron predominantes en la manifestación, cuyo perfil era muy similar: con patillas largas, la melena excesivamente engominada o repeinada, no faltaban los chalequitos o los jerseys de pico, que por supuesto, estaban cubiertos por la bandera de España que además serviría, pienso yo, para protegerles del frío de esa noche. También vi a señoras, rozando casi la tercera edad, muy enfadadas, e incluso, a Iker Jiménez, ¡El de cuarto milenio!, cerquísima de mí. Aunque, indistintamente de la apariencia y rango de edad de los manifestantes, todos gritaban lo mismo, las mismas burradas.
Mencionaron en repetidas ocasiones a ETA. Su gama de insultos era limitada y no abarcaba más que el “Sánchez Maricón”, “España cristiana, no musulmana”, “con los moros no tenéis cojones” o el famoso “Qué te vote Txapote”. No soy ninguna experta, pero creo que “la unidad de España” no se defiende con armamento racista, homófobo e incluso fascista. Porque sí, no faltaron quienes ondeaban con orgullo la bandera con el aguilucho, los que cantaron el cara al sol para hacer frente a la amnistía, imprescindible, claro. O, el saludo facha que sobresalía de vez en cuando de entre el gentío. Aquellos manifestantes, más decentes, abucheaban a los más radicales. “La van a liar”, decía una señora al ver que la valla policial estaba comenzando a ser sacudida por los ultras, que ya empezaban a lanzar bengalas al otro lado, cristales y que algunos jóvenes enmascarados provocaban a la policía. “Toma, te la regalo”, gritaba un chico mientras ofrecía su bandera a un policía. De pronto, una voz áspera, desgarradora contestó “Déjalo, que a esos les va la tricolor”, segundos después añadió “o la arcoíris” y una panda de borregos de alrededor le rio la gracia. De vez en cuando, cantaban “¡Rojo el que no bote!”, y yo no recuerdo haber hecho más esfuerzo en mi vida por no separar ni un centímetro los pies del suelo.
Después de estar en primera fila durante horas, escuchando barbaridades y atenta a todo aquello que estaba sucediendo a mi alrededor, sobre las 22:00 derribaron la valla policial. Los Nacionales dieron unos cuantos pasos al frente y uno de ellos sacó una especie de escopeta que hacía un ruido aterrador. Me asusté, “hasta aquí he llegado”, pensé. Ilusa de mí, pues al intentar abrirme paso entre la multitud para retroceder y salir de ahí, una voz, de la que nunca me olvidaré, gritó “¡Ahora empieza la fiesta!”, y entonces, la masa, en lugar de retroceder, comenzó a avanzar. “Ni un paso atrás” decían algunos. La cosa se había puesto fea. Me estaba empezando a asfixiar, no podía moverme, pues no dejaba de ser una chica de 1,50 rodeada en su mayoría por tiarrones que hacían fuerza en dirección contraria. Un humo espeso cubría la escena y me impedía ver nada, cuando este empezó a disiparse, la muchedumbre que me separaba de los policías había desaparecido. Fue entonces, cuando aterrizó el primer porrazo, sobre mi brazo izquierdo, ya desesperada y con lágrimas resbalando por mis mejillas, grité “¡Qué me dejéis pasar!, ¡Quiero irme!” Por otro lado, todos los protestantes que estaban delante de mí, habían sido derribados, como piezas de dominó, y el segundo golpe seco, más fuerte que el anterior, cayó en mi pierna izquierda. Yo no quería pisotear a nadie, pero tampoco quería morir, porque sí, he llegado a pensar que me moría, ahí mismo, entre fachas. Los antidisturbios me pisaban los talones. Finalmente, logré sujetarme del brazo de un chaval que tenía el mismo objetivo que yo: huir. Y así es como, calle arriba, mientras las lágrimas no dejaban de caer, intentaba correr, cojeando, con la pierna molida. Conseguí esconderme en una tienda de autoservicio, donde me bajé el pantalón sin importar quien me viera y pude comprobar que, efectivamente, tenía un buen golpe en la pierna. Continué llorando e incluso me entró un ataque de pánico, jadeaba, y a punto estuve de perder la consciencia. Al cabo de unos minutos, un grupo de chicos formó una especie de escudo con su cuerpo para protegerme y me sacaron de la tienda para llevarme a un lugar seguro. “Qué la han metido un escopetazo”, decía uno. “Qué hijos de puta”, le contestaba otro. De repente, cuando creía que todo había pasado, uno de los chicos me dio la mano y me dijo que teníamos que empezar a correr otra vez. Y es que, ahí estaban de nuevo las sombras con sus porras en la mano.
“¿Dónde me he metido?” pensaba mientras corría de la policía, de la mano de aquel desconocido, cuya ideología política repudio. Bien es cierto que, dicha repugnancia por los valores de esa gente, se atenuó gracias a la solidaridad que mostró el grupo de chavales al intentar sacarme de aquel infierno que fue la noche del 7 de noviembre de 2023 en Madrid.
Una vez a salvo, mientras aplicaba hielo sobre los golpes, reflexioné acerca de la insensatez que había cometido aquella noche y que de cierta forma buscaba. Cuando estaba en la manifestación, podría haberme ido mucho antes del descontrol, pero quería que mis ojos fueran testigos de policías lanzando gases lacrimógenos de los que hablaba la prensa el día anterior, quería ver a fachas pataleando y sacudiendo sus banderitas, ver a la gente correr de los “pitufos”. Pero, en absoluto, contaba con que mi piel acabaría siendo testigo y que yo también tendría que correr de la policía. Aún así, no me arrepiento, pues si hubiera observado el evento desde detrás de la policía, con el resto de periodistas, quizá quienes me hubieran arreado habrían sido los vándalos manifestantes que, de vez en cuando, chillaban “¡Periodista, terrorista!”, y estar entre ellos, observar de cerca hasta la más mínima arruga que se formaba en sus rostros al gritar sus barbaries, sentir en mi propia piel cómo caían de sus bocas gotas de saliva cargadas de odio y prestar atención a las conversaciones que tenían entre ellos, me hizo darme cuenta de que estaba en el lado correcto de la historia, que esa España que fueron a defender no me representa en absoluto y que si la única forma de manifestarse de los nazis, los ultras y los neofranquistas es a través de la violencia, prefiero ser una “puta roja” de esas de las que tanto se acordaron durante la protesta.
Dejando de lado el debate de la Amnistía, que muchos españoles utilizaron ayer como cortina de humo para salir a lanzar sus patéticas consignas que exponen todo el odio que tiene hacia la izquierda, lo que me sucedió fue “gajes del oficio”, del que estoy orgullosa, pues los moratones que tengo en la pierna y en el brazo, servirán para recordarme que están cada vez más locos y que dan cada vez más miedo, pero también que tengo más claro que es a esto a lo que me quiero dedicar.
Paola Rubio Melo. <<De Ferraz al infierno>> 8/11/2023.
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