Los árboles siguen verdes, su color guarda el recuerdo del verano, pero ojalá pronto las hojas se tiñan de naranja y el otoño, mi estación segura, me otorgue un nuevo comienzo. Con la caída de las hojas espero olvidar un amor de verano. Un amor efímero, pero intenso. Necesito sustituir el recuerdo con el que me acribilla a menudo mi mente de él y yo paseando de la mano por la ciudad de Roma, por uno nuevo que solo me incluya a mí caminando por un bosque rojizo, mientras admiro el tambaleo suave de las hojas que resbalan de los árboles y aprecio el mundo tornado en tonos amarillos, marrones y anaranjados. Este otoño quiero evitar más despedidas, pues estoy cansada de renunciar a personas y de extraer lecciones de experiencias que ni siquiera pedí. Octubre y noviembre tienen que ser meses limpios, fuera del alcance de la nostalgia.
Por tanto, como “otoñista” que me considero, vivo el otoño de manera clásica; con un jersey de cuello vuelto, mis medias tupidas y café en mano, dispuesta a recorrer el campus de la facultad mientras escucho como las hojas secas crepitan tras pisarlas. De hecho, tengo una memoria que enmarca a la perfección la esencia de esta época para mí: ocurrió en noviembre del año pasado, cuando fui con Andrea, mi mejor amiga de la universidad, al Parque del Retiro. Nos sentamos en las mesas de ajedrez a pintar sobre lienzo, rodeadas de un paisaje de matices castaños y con las copas de los árboles casi desnudas. La gente de nuestro alrededor paseaba a un ritmo pausado, desenfadado, y de vez en cuando se sometían a sus impulsos de patear las hojas amontonadas. Los más curiosos se asomaban a nuestra mesa a ojear los cuadros que pintábamos. La escena estaba cargada de romanticismo y melancolía, además de al leve aroma a tierra y leña mojada que la lluvia había dejado. Estaríamos hablando de algún tema que ya no recuerdo cuando un anciano interrumpió la conversación para preguntarnos si sabíamos jugar al ajedrez, a lo que ambas respondimos que no. Fue entonces cuando el hombre desplegó un tablero de ajedrez sobre nuestra mesa y dedico las siguientes dos horas a explicarnos el juego de estrategia, haciendo constantes analogías a la Edad Media para que lo entendiésemos mejor. Al finalizar la lección, le pregunté su nombre, se llamaba Walter Darío, un nombre absolutamente literario. Su respuesta me hizo creer que nuestro encuentro fue obra de la magia del otoño. Es uno de esos momentos que parecen atenuar los tonos de gravedad de problemas que creíamos irresolubles. Los detalles exclusivos de estos meses adormecen la intensidad del ajetreo de la vida cotidiana; Con un café caliente entre las manos y una bufanda de cuadros protegiendo nuestra garganta mientras contemplamos a través de la ventana por la que resbalan gotas de lluvia las calles bañadas en tonalidades terrosas y el viento azotando los árboles que desprenden sus hojas caducas, la vida parece menos caótica, eso es lo que ofrece el otoño, una pausa, un respiro para coger aire antes de la llegada del invierno, donde todo muere. Y después renace con la primavera, para luego vivir durante el verano y de nuevo reencarnar en el otoño.
Paola Rubio Melo <<El otoño>> 08/10/2024.
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